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Wednesday, June 27, 2007

3a. Parte

Imaginemos

¿Cómo debiera ser el lugar para enseñar y aprender?

Imaginemos en primer lugar, un espacio amplio y cálido, colmado de libros, películas, música, revistas, enciclopedias digitales, software de todo tipo, pinturas, esculturas, instrumentos musicales, elementos para deportes. No nos olvidemos de una buena cantidad de computadoras conectadas a Internet. Es decir, un espacio que forme parte del mundo, aunque se halle acotado para un fin específico: la enseñanza. En ese espacio los docentes y los alumnos deben poder disponer de todo el tiempo necesario para hacer uso de estos materiales y para construir un diálogo fecundo de transmisión y adquisición de conocimientos, habilidades y experiencias. Los momentos y los tiempos se darán según la necesidad del trabajo.

Pero lo más importante del lugar es que pueda construirse en él un clima de trabajo serio y gratificante. Sobre todo, es necesario construir una relación exenta de violencia, de imposiciones y de enfrentamiento. Es muy importante eliminar los encajonamientos externos; sí es positivo y deseable establecer mediante acuerdos los límites, las obligaciones y los derechos de los docentes, los alumnos, los padres y los funcionarios.

Las escuelas deben ir perdiendo el aspecto de lugar de encierro que han ido adquiriendo con los años. Simplemente porque hay que lograr que el alumno esté en la institución porque quiera estar no porque esté obligado.

Cuatro Instrumentos

Ahora bien, si tuviéramos el lugar apropiado, ¿qué más podríamos hacer? Necesitamos cuatro instrumentos transformadores:

1) determinar una única función de la escuela: favorecer el proceso de enseñanza-aprendizaje;
2) flexibilizar la organización institucional otorgando mayor libertad a sus miembros para ir consolidando la autogestión;
3) consolidar las autonomías de las instituciones permitiéndoles diferenciarse entre sí;
4) propugnar una relación docente-alumno más abierta y sincera; más exigente ya que expone a ambos a las consecuencias de sus errores; más de persona a persona y no de persona a grupo y que favorezca la recuperación de la autoridad pedagógica.


Entonces, ya estamos en condiciones de realizar la tarea para la que hemos sido formados y los docentes podemos revertir la situación justamente tomando los conflictos y dándolos vuelta a nuestro favor.

Revertir los conflictos

Abundancia de información: aprovechar su democratización

Los datos al alcance de todos le quitan al docente el papel privilegiado de “poseedor y transmisor” de conocimientos que hasta hace poco ostentaba. Sin embargo, desde la escuela desperdiciamos la posibilidad de que todos se responsabilicen de la tarea de aportar la información, no sólo el dato, que ayude a consolidar el conocimiento.

Libertad del aprendiz: explotarla en favor del aprendizaje

Gracias a la posibilidad de estudiar solo por Internet, en revistas, en libros, por cable, etc., el joven retoma la oportunidad y dirección de su formación. No depende de lo que le quieran enseñar en la escuela, busca movido por su interés. Lo notable es que ese interés suele auto alimentarse por su propia satisfacción. También es una oportunidad para el docente valerse de esta auto motivación para lograr, partiendo de ella, llegar al conocimiento institucionalizado.

Nuevas habilidades informáticas: intercambiar roles

Internet es la mayor base de datos conocida hasta ahora. En este terreno los jóvenes han adquirido una capacidad mayor que sus docentes. Si los docentes se decidieran a tomar el papel de alumnos e incitar a “sus alumnos” a que tomen el de docentes en la enseñanza de estas nuevas habilidades podrían dar lugar a una inédita experiencia docente que seguramente los enriquecería a todos. El desafío es utilizar al máximo todos los recursos informáticos como instrumentos idóneos para la adquisición de conocimientos.

Valores generacionales distintos: lograr que convivan

El estudio, el respeto a las reglas, el espíritu de grupo, pero también el individualismo y la fe en un mañana mejor son particularidades detectadas en los jóvenes que no siempre se manifiestan en las instituciones educativas. Esto ocurre porque en esos ambientes no se permite la exposición de las individualidades ni se admiten los criterios propios de los jóvenes.

Revertir esta situación, darle un espacio ordenado al joven, hacerlo sentir partícipe de la tarea pedagógica puede hacer que la relación se enriquezca y cambie de confrontación a trabajo en común.

Post Scriptum

Cuando hayamos caminado, aunque sea un poco, por estos senderos, seguramente tendremos que sentarnos a pensar qué está mal, qué debemos cuidar, qué no debemos volver a hacer, qué nos atrevemos a hacer, qué tendríamos que haber hecho. Nos guste o no las instituciones escolares son como los buques en alta mar. Hay que solucionar los problemas mientras navegamos. Yo diría que, por suerte ocurre así; si no fuera así algún trasnochado funcionario cerraría las escuelas por un año y elaboraría un pormenorizado plan de reestructuración para poner en marcha al año siguiente.

La educación en ibero América: retos y oportunidades.


Francisco Piñón Secretario General de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

Comenzamos el siglo XXI con la conciencia de encontrarnos en medio de un cambio de época, con las enormes posibilidades que la revolución científica y tecnológica brinda para el desarrollo de la humanidad, que permite ir delineando la nueva sociedad hacia la que vamos avanzando (la sociedad del conocimiento).


Así como nos permite saber que disponemos de los recursos (económicos y tecnológicos) para erradicar el hambre y la pobreza extrema del planeta, también sabemos que faltan las decisiones políticas, económicas y sociales para construir, entre todos, un desarrollo más igualitario.

La mencionada revolución científica y tecnológica transformó las comunicaciones al punto tal que cambió las nociones de espacio y de distancia. Sin embargo, poco hizo todavía para cambiar la geografía del hambre y la exclusión.

En un "cambio de época" como el que estamos viviendo, marcado por la densidad tecnológica y por su capacidad para atravesar nuestros ámbitos de acción y hacerse presente en nuestra cotidianeidad, Ibero América se encuentra con oportunidades que debemos comprender, anticipar y aprovechar.

Las oportunidades se nos presentan, como suele ocurrir en estos casos, en escenarios que encierran también una fuerte carga de incertidumbre y de riesgos.
Estas oportunidades son nuevos espacios de acción que se abren, en principio, por esa densidad tecnológica y por lo que ella genera al impactar sobre los procesos sociales e históricos.


Podemos decir que esta irrupción produce una ruptura, una fractura histórica cuyas consecuencias tienen que ver con aquello que algunos especialistas han denominado "historia larga".


Ahora bien, estas oportunidades no son sólo producto de la densidad tecnológica, son oportunidades que están también vinculadas a la iniciativa política. Oportunidades vinculadas con nuestra capacidad de influir en la conformación de un "orden" diferente tanto a nivel nacional como internacional.

Se trata de la aparición de nuevos espacios de acción y de pensamiento que tienen, a mi entender, múltiples causas, de las que quiero mencionar cuatro:

el tránsito hacia una sociedad del conocimiento como el que estamos viviendo. Con todo lo que este cambio societal representa y lo que ello significa en cuanto a una fractura sistémica;

el debilitamiento del pensamiento único y el fracaso de la teoría del derrame;

una nueva convergencia temática en las agendas de los mandatarios iberoamericanos. Fundamentalmente en lo que respecta a la reducción de la pobreza y la exclusión social;

el fortalecimiento institucional de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, lo que debe traducirse en una consolidación del "espacio cultural común".

Estas son oportunidades para llevar adelante una tarea conjunta, un esfuerzo mancomunado en el que sea posible responder a las necesidades de nuestra América Latina, particularmente a aquellas vinculadas con los altos niveles de iniquidad, exclusión y polarización social.

Son oportunidades, también, para recoger y valorar el papel estratégico que desempeña la inversión en educación y en investigación, ciencia y tecnología.

Ambas forman parte del núcleo de inversiones estratégicas que la región necesita incrementar para cerrar una parte de las brechas sociales y para proyectarse hacia un futuro donde el conocimiento se constituye en una de las fuerzas impulsoras del desarrollo.

Este planteo reconoce antecedentes como la Conferencia de Jomtien o la Cumbre del Milenio, se encuentra plasmado en documentos de diferentes organismos e instituciones regionales y, está recogido en las Cumbres y Conferencias Iberoamericanas.

Los iberoamericanos, decía, en este tránsito hacia una sociedad del conocimiento, necesitamos perfeccionar y profundizar nuestras democracias; continuar transitando la senda del crecimiento, pero de un crecimiento que sea sostenible y distributivo a la vez. América Latina está ingresando al siglo XXI más desigual y con una fuerte polarización social. Ya no es posible repetir experiencias de crecimiento sin equidad y de desarrollo sin justicia social.

Particularmente cuando la iniquidad y la exclusión se ven exacerbadas por el carácter selectivo y diferencial de la difusión tecnológica, lo que compromete doblemente el futuro de nuestras sociedades.

En este momento de cambios, de transformaciones sistémicas, se nos presentan oportunidades que pueden ser únicas. Es un momento en el que se han renovado y multiplicado las ideas y las prácticas. Un momento en el que podemos encontrar nuevos espacios para pensar y actuar. Un momento en el que Ibero América puede ser un lugar privilegiado para generar el sentido de un futuro compartido.

Un sentido para el que la educación cumple una función central: la de crear las condiciones para que nuestros jóvenes tengan las herramientas necesarias para transformar el escenario cultural, social, político y económico.

Es cierto que no todo depende de la educación y que son igualmente necesarias las oportunidades de empleo, de integración social y de participación política de las que dispongan las nuevas generaciones. Pero la educación es uno de los factores centrales para poder aprovechar estas oportunidades.

Ibero América se presenta así como un bloque geo-cultural en donde podemos ampliar nuestras capacidades de acción. Los bloques regionales se proyectan como actores significativos del siglo XXI, frente a Estados Nacionales que se ven interpelados tanto por instancias globales, como por reivindicaciones locales.

Buena parte de aquellas instancias que mantienen la desigualdad -dado el carácter concentrado y desterritorializado del poder económico- lo hacen actuando a nivel global.

Ante semejante escala, el impacto que produce su accionar no puede resolverse únicamente apelando a acciones distributivas de nivel local. Se requiere de un fortalecimiento de la instancia nacional-estatal, y ello puede lograrse potenciando nuestra capacidad de acción coordinada a nivel regional.

La Comunidad Iberoamericana de Naciones nos ofrece así un espacio de acción privilegiado para sumar propuestas y potenciar nuestras fortalezas.

Promover el diálogo y el consenso dentro de marcos amplios y a nivel regional sobre lo educativo constituye así un punto de partida para identificar los nudos críticos, para valorar los esfuerzos realizados, para analizar los grandes retos de las políticas educativas y aportar nuevas ideas para la acción.

El canje de deuda por inversión en educación -en donde la iniciativa española ha dado muestra de su compromiso con el tema- los programas de formación docente y la conformación de un espacio iberoamericano del conocimiento se mueven en este sentido, buscando aprovechar las oportunidades que hoy se nos presentan y multiplicando nuestras capacidades de acción y cooperación.

Los esfuerzos realizados durante los últimos años en materia educativa han significado cambios importantes para los sistemas de la región.

Las reformas curriculares y las transformaciones organizativas y pedagógicas han tenido su traducción en mayores porcentajes de escolarización.

Estos esfuerzos han significado una extensión de los años de obligatoriedad de la educación básica y un crecimiento de la atención a la educación inicial; han permitido la instalación de sistemas de evaluación de la calidad; fomentado el desarrollo de sistemas de capacitación y actualización docente y; promovido la descentralización y la delegación de responsabilidades y competencias a nivel de las escuelas, entre otros.

Pero los esfuerzos realizados no han podido, en muchas ocasiones, revertir situaciones de pobreza y exclusión que las economías incrementaron a gran velocidad. Situaciones y procesos de fragmentación social que han subvertido las características de los destinatarios de la acción educativa.

Los nuevos contextos sociales y culturales nos remiten así, muchas veces, a sujetos muy diferentes a los que la educación tradicionalmente proyectaba como meta de su acción. Una situación ante la que resulta necesario articular la educación con lo social para tener una comprensión cabal del alcance y la complejidad del fenómeno que se nos presenta.

Estas transformaciones acompañan un "cambio de época" en el que la Comunidad Iberoamericana de Naciones se presenta como un espacio propicio para que nos movamos dentro de un esquema de mayor afinidad y podamos establecer bases sólidas para multiplicar los tableros en donde desplegar nuestras acciones y hacernos presentes.

En "este cambio de época", la Comunidad Iberoamericana de Naciones nos ofrece así un "puente" vigoroso que resulta idóneo para llevar adelante políticas autónomas que nos permitan reconfigurar la instancia nacional en crisis. Políticas capaces de dar cuenta de nuestra identidad y de responder a nuestras particulares trayectorias históricas.

Vivir juntos y organizar pacíficamente las relaciones de interdependencia en las que nos hallamos inmersos es una de las tareas centrales de una política orientada a concebirnos como un todo, como la humanidad que somos y a la que pertenecemos. Su éxito dependerá de nuestra capacidad para generar condiciones de igualdad, para "comunicar a" y "comunicarnos con" los otros y para corregir las desigualdades.

Se trata de una tarea que debe tener en cuenta las necesidades de nuestras sociedades, pero que no puede limitarse a ellas. Su acción debe tender también a conformar un orden internacional más justo e igualitario en el que el respeto por la diversidad sea un eje central.

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