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Friday, August 10, 2007

LOS ADULTOS MAYORES CHILENOS EN EL SIGLO 21...

Los adultos mayores chilenos en el siglo XXI: un enfoque politológico.

Nota de la Dirección: Por la importancia en nuestro país de este grupo etario creemos oportuno presentar este trabajo realizado por la Srta. María Eugenia Morales Contreras y publicado en Monografías.com.
Por María Eugenia Morales Contreras
bioetica@chi.ops-oms-org

Resumen:
Chile tiene actualmente un
modelo de desarrollo de libre mercado, el cual se ha mantenido en la última década con algunos ajustes destinados a corregir desequilibrios sociales.
El
capitalismo sin intervención y regulación estatal no puede subsistir en países democráticos.
Es en este contexto que se trata la
vejez y el envejecimiento. Se aborda desde un ángulo individual y social y con una mirada multidisciplinaria.
Las
imágenes que tiene la sociedad actual respecto a la senectud corresponden a patrones culturales que difícilmente reconocen que el envejecimiento es una situación insoslayable para el ser humano.

La vejez es percibida y transmitida como una situación angustiosa, estereotipada en imágenes de ancianos enfermos, inválidos, que sufren graves alteraciones emocionales, y que representan una carga emotiva y económica para sus familias.
El
concepto de "calidad de vida" considera que la subjetividad es un elemento esencial, por tanto la expectativa es ante todo individual. Asimismo tiene un carácter multidimensional y complejo, producto de la heterogeneidad. Es también un concepto dinámico, toda vez que varía con el paso del tiempo.
Los
grupos en condiciones socioeconómicas más deprimidas tienden mayoritariamente a compartir su hogar con los mayores, entendiendo por tales no solamente a sus padres, sino a veces parientes lejanos, e incluso otros ancianos no consanguíneos.
La
participación política se orienta a influir en aquellas decisiones que comprometen al destino de la colectividad en su conjunto. La participación social concierne a los más cercanos al desarrollo de la vida diaria de los individuos.
Si bien los adultos mayores constituyen un mercado electoral relevante, de creciente importancia en cuanto a su
fuerza electoral, su peso como actores políticos es todavía irrelevante.
Palabras clave: Envejecimiento;
calidad de vida; enfoque politológico; seguridad social.

Democracia,
equidad y mercado libre.

Chile optó por el
paradigma económico de libre mercado durante los primeros años del Gobierno Militar, en consonancia con las tendencias del mundo occidental de las dos últimas décadas del siglo pasado, modelo que se ha mantenido en lo sustancial con algunos ajustes destinados a corregir desequilibrios sociales. El contexto en que situamos el momento de este análisis y sus proyecciones es el Chile democrático del 2001, inserto en el mundo global, que enfrenta el desafío de consolidar su democracia y propender a hacer más equitativa la distribución de los recursos públicos.

Aunque en su sentido más general la democracia es un modelo político nacido en la antigüedad clásica, la forma de democracia del mundo global de hoy día es una creación del siglo XX, cuya extensión se obtuvo a merced de la ampliación del derecho a sufragio. Históricamente, el desarrollo de la cultura democrática y de sus respectivos valores han estado asociados con la economía libre, dice Robert Dahl(1), la que califica como "capitalista más que socialista o estatista", entendiendo por tal un sistema donde la mayoría de las empresas económicas están en manos de particulares y no del Estado. Las entidades económicas (empresas de cualquier tipo, origen y tamaño: industriales, agrarias, financieras, etc.) son propiedad de individuos y grupos, cuyo objetivo principal es obtener beneficios económicos, sea en la forma de salarios, intereses o rentas. Aquellos que gestionan las empresas no tienen necesidad de aspirar a objetivos más amplios y ambiguos, como el bien común general por ejemplo, sino se mueven por los propios. El mercado es el lugar donde se producen los intercambios, y dado que estos les proporcionan las señales necesarias para adoptar sus decisiones, no requieren ser provistos de información central (como era el estilo de las planificaciones centrales estatales), siendo su límite de operación el marco legal vigente. Este sistema de decisiones múltiples, que supone la existencia de intereses diversos y en competencia, desde este punto de vista, sería el más eficiente para producir bienes y servicios.

¿Pero por qué el crecimiento económico tendría que ser favorable para la democracia? Dahl responde que éste permite disminuir situaciones de extrema pobreza y por tanto, ofrece un mejoramiento general de las condiciones de vida. De esta forma contribuye también a reducir la intensidad de los conflictos sociales y políticos, ya que proporciona más recursos disponibles para alcanzar un compromiso mutuamente satisfactorio, donde ambas partes tengan algo que ganar, disminuyendo al máximo la eventualidad de juegos de suma cero, en donde la ganancia de uno significa la pérdida del otro. El crecimiento, además, proporciona a los individuos, grupos y gobiernos, recursos excedentes que permiten financiar planes sociales para ir en ayuda de los más desvalidos.

El capitalismo de mercado crea un amplio estrato intermedio de propietarios que buscan fundamentalmente autonomía de las esferas del Gobierno, cuyos derechos civiles y políticos están resguardados por el Estado de Derecho, lo que no significa que estos deseen excluirse de la participación política, sino por el contrario, su mismo peso económico los convierte en actores políticos relevantes que interactúan con el Gobierno en el proceso de toma de decisiones en lo que a ellos les afecta. Este sector no solamente agrupa a los de mayores recursos, sino que también forman parte de él los grupos de ingresos medios, constituyendo un sólido espacio en términos de independencia frente al gobierno de turno. Esta visión es similar a la definición de Tomassini(2) sobre sociedad civil, quien señala: "la sociedad civil es el ámbito que no pertenece al gobierno, a las empresas o a las grandes organizaciones sindicales, sino a entidades como instituciones filantrópicas, organizaciones vecinales y locales, asociaciones de mujeres y de jóvenes y movimientos religiosos". Este es el espacio de la ciudadanía, y debe su existencia al desafío que plantearon aquellos grupos ajenos a los círculos de poder aristocráticos en tiempos del feudalismo, tales como comerciantes, banqueros, productores, y por cierto, las propias ciudades. Ambos autores coinciden en que fue el crecimiento económico que creó nuevos sectores adinerados, los que a su vez presionaron al Estado por mayores niveles de autonomía y lograron obtenerlos.

Ahora bien, Tomasini señala que mientras en las sociedades del hemisferio Norte existe una proporción equilibrada entre gobierno y sociedad civil, en Latinoamérica ésta es mucho menor por razones culturales. Las tradiciones libertarias, en el sentido de buscar resguardo de las libertades individuales frente a eventuales excesos por parte del Estado, son mucho más fuertes entre los anglosajones que en los latinos. No obstante, este autor sostiene que una sociedad civil débil debe evolucionar hacia su fortaleza, porque es el espacio de encuentro entre la autoridad y el ciudadano común.

Fortalecer este espacio es una idea compartida también por Dahl, cuando se refiere a la profusión de organizaciones intermedias que genera la vida democrática, y que cumplen el importante rol de mediadoras entre el ciudadano y el Estado. Alain Touraine (3), por su parte, analizando el esquema de internacionalización, señala que el carácter democrático de una sociedad depende de la capacidad de manejar las distintas demandas que surgen de la diversidad de intereses y situaciones de las personas, más que de la separación o superposición de las esferas institucionales. La democracia, en su opinión, se define en primer lugar por la preponderancia de las demandas privadas, individuales o colectivas, por sobre los principios y objetivos del poder político. Este movimiento de abajo hacia arriba es el espíritu democrático mismo. Este autor postula la subordinación de los agentes políticos a los actores sociales, lo que a su juicio asegura la existencia de una verdadera democracia representativa, de tal manera que se produzca la vinculación de las elites dirigentes con la base social, que él define como diversa y con pluralidad de intereses.

Nos estamos aproximando a la paradoja descrita por Dahl respecto a la vinculación entre democracia y mercado. Dahl señala que si bien la economía libre es una condición para la vida democrática, ésta genera inevitablemente desigualdad en los recursos políticos de que pueden disponer los ciudadanos. Así, una economía capitalista de mercado genera desigualdades políticas, porque los ciudadanos tienen disparidades en cuanto a la posesión de bienes económicos. Es así como los más ricos, que son los menos, alcanzarán una influencia significativamente mayor sobre las decisiones políticas y las acciones del gobierno, que los de recursos limitados y escasos, que son los más. Estas asimetrías no son de ningún modo triviales, porque cuestionan la base moral de la democracia, que aspira a la igualdad política entre ciudadanos.

Siguiendo el razonamiento anterior, en Europa Occidental y en los países de habla inglesa, el "laisser-faire" del estado liberal no pudo soportar la presión de los movimientos de descontento popular y la lección de estos episodios, es que el capitalismo sin intervención y regulación estatal no puede subsistir en países democráticos, al menos por dos razones. La primera apunta a que las instituciones básicas del capitalismo de mercado exigen una extensa regulación e intervención estatal. Asuntos vitales como mercados competitivos, propiedad de las unidades económicas, ejecución y respeto a lo contratado, prevención de monopolios, etc., dependen de políticas, leyes y acciones por parte del gobierno. Una economía de mercado entonces no es completamente auto-regulada, ni tampoco puede llegar a serlo. La segunda argumenta que de no existir intervención estatal, muchos individuos y grupos pueden resultar dañados en este juego de intercambio. Los actores económicos movidos por su interés personal no tienen incentivos para preocuparse por el de otros, ni menos por el colectivo cuando se trata de buscar sus utilidades.
Las respuestas, entonces, las busca el ciudadano en el gobierno, en las instituciones políticas y en sus representantes. Y el gobierno se ve obligado a intervenir para alterar un resultado que de no hacerlo dañaría a otros ciudadanos.


Desde el punto de vista de Touraine, la democracia tiene tres objetivos principales:
• Disminuir las distancias sociales, lo que supone fortalecer el
control social y político de la economía;
• Garantizar el respeto a la diversidad cultural y la igualdad de derechos cívicos para todos, y
• Tomar en cuenta las demandas de quienes son usuarios de las
prestaciones sociales, los que no deben quedar reducidos a la simple calidad de consumidores pasivos.
Acorde con este planteamiento, hoy corremos el
riesgo de que una parte de la población del mundo, y por cierto de cada país, sea excluida de la civilización globalizada. En los países occidentales, en particular, donde el nivel medio de los salarios y la protección social son elevados, existe una fuerte tendencia a sostener al sector competitivo que tiene mucho valor agregado y como contrapartida, aceptar la marginación de los sectores de baja productividad y bajos salarios, quienes son los más expuestos a la competencia de los países más industrializados, antiguos y nuevos. Pero la segregación no tiene únicamente repercusiones económicas sino también sociales, políticas y culturales. Dentro de este amplio sector, coexisten subsectores que son objeto de todavía mayor exclusión en el ámbito de las políticas públicas, como es el caso de los ancianos, las mujeres, las minorías étnicas. Estas personas, volviendo a la argumentación de Dahl, carecen de "recursos políticos", es decir, no tienen peso ni influencia en el proceso de toma de decisiones, por tanto se encuentran disociadas de los procesos democráticos más profundos, si bien generalmente acuden a expresar su preferencia electoral.

Estos grupos requieren de afirmaciones de voluntad especiales, en el sentido de declararlos sujetos preferentes de atención de políticas tanto públicas como privadas, lo que permite primero que los gobiernos reconozcan su importancia como tales y segundo, que la sociedad también los distinga, de tal manera que los esfuerzos que se emprendan a favor de mejorar su condición, tengan impacto positivo.

Diseño de políticas públicas frente al envejecimiento

Referirse a "envejecimiento" significa abordar el tránsito desde la juventud a la senectud, mientras que por "vejez" entendemos la condición o estado de senescente propiamente tal. Para desarrollar este análisis, utilizaremos una perspectiva múltiple, en el sentido de incorporar los aportes de diversas disciplinas, a partir de dos dimensiones básicas: la primera que alude al proceso centrado en el individuo, que se caracteriza por pérdida gradual y progresiva de la eficiencia biológica, lo que significa que disminuye la capacidad del organismo para funcionar adecuadamente. Este menoscabo que termina en la muerte, es parte del ciclo vital de todas las especies.

Para ilustrar la dimensión individual de envejecimiento, utilizaremos la definición del Dr. Archibaldo Donoso(4): "El avance de la edad es responsable de cambios morfológicos y funcionales en todos los órganos y parénquimas: se traduce en problemas en el aparato locomotor, la piel, los sistemas digestivo, respiratorio, inmunológico, nervioso central y periférico, entre otros. Sin embargo estos cambios llamados fisiológicos, por tanto esperados a esta altura de la vida, son frecuentemente complicados por la existencia de patologías crónicas, tales como la hipertensión, diabetes, osteoporosis, cataratas, patologías dentales y trastornos emocionales para enumerar a los más conocidos". Estas alteraciones sumadas al deterioro "normal", demandan mayores exigencias en cuanto al manejo del adulto mayor como problema médico, lo que tuvo como consecuencia que en nuestro país hasta los años '90 se mantuviera una idea de atención centrada en los aspectos terapéuticos ("medicalización" del manejo del adulto mayor), en desmedro de una perspectiva más integral.

La segunda dimensión es social, en el sentido que son las condiciones propias de cada sociedad las que determinan, en último término, cuántos años y con qué calidad va a vivir una
persona mayor. De acuerdo a este enfoque, existe una relación entre la edad cronológica de los individuos y las funciones que se asignan a los miembros de una comunidad dada, resultante de un sistema de racionalización del tiempo biológico, adaptado a los distintos roles que los individuos deberían ir cumpliendo en sus etapas de la vida como parte de ese conjunto social. Este concepto es la llamada "edad social". Ambas dimensiones están en constante superposición y no pueden tratarse en forma aislada.

La evolución de las distintas etapas de la vida humana, entonces, está relacionada con el papel más o menos activo que desempeña el individuo en la sociedad, de tal manera que se es más dinámico en las más tempranas y menos en las más tardías. En estas últimas, es frecuente que las personas suspendan sus obligaciones laborales y comiencen a depender cada vez más de sus familias, de su comunidad y de la sociedad. Si bien esta transferencia es gradual, ocurre dentro de los contextos históricos, culturales y sociales propios, es de todos conocidos y en muchos casos hasta anhelada y tiene un fuerte impacto en las condiciones de vida del afectado.

Hablamos de "población envejecida" cuando se ha alterado la composición por edades, y se registra un aumento sostenido, absoluto y relativo, de personas mayores de 60, mientras los menores de quince años disminuyen su representatividad porcentual. Lo que está ocurriendo es una transición demográfica, entendiendo por tal un evento de larga duración que se desarrolla entre dos extremos: el primero se acompaña de altas tasas de natalidad y de mortalidad, lo que se traduce en bajo crecimiento demográfico. En el otro margen encontramos que las tasas de natalidad y de mortalidad han disminuido y el crecimiento demográfico vuelve a ser bajo. En medio de este proceso, la mortalidad bajó mucho más rápidamente que la natalidad dando paso a un crecimiento demográfico explosivo.

De acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadísticas, INE (5), a comienzos del siglo XX los adultos mayores eran algo más de 200.000 personas, en 1950, 417.000, en el 2000, 1.550.000 y el 2021 serán 3.100.000. Los adultos mayores chilenos se duplicaron en la primera mitad del siglo y se cuadriplicaron durante la segunda mitad, esperándose que nuevamente se dupliquen al final de la segunda década del XXI. Por el contrario, se advierte una rápida disminución del porcentaje de 15 y menos años, aumentando la población de edades más avanzadas. De esta forma, al año 2010 habrá 50 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años y en el 2034 estos montos se igualarán.

Durante la segunda mitad del siglo XX Chile alcanzó bajos niveles de fecundidad asociados a también baja mortalidad. En el caso chileno (6), entre 1955 y 1962, la fecundidad de las chilenas era un poco superior a 5 hijos por mujer, ocurriendo el descenso más importante entre 1963 y 1980, de tal forma que en el año 1994 el promedio de hijos por mujer era de 2.6, valor relativamente estable desde hacía una década. Respecto a la mortalidad, se advierte su disminución desde hace más de 60 años. En el quinquenio 1970-75 la expectativa de vida era de 64 años para ambos sexos, en 1980-85 ascendió a 71 años, con diferencias a favor de las mujeres, mientras que en 1995-2000 es de poco más de 75 años, siendo 72 para los hombres y 78 para las mujeres. Uno de los aspectos más relevantes que ha contribuido a bajar la mortalidad general ha sido el descenso de la mortalidad infantil. Los procesos migratorios, que son el tercer componente de la dinámica poblacional, no han tenido mayor relevancia en el caso chileno.

Las estadísticas mencionadas nos señalan que el principal agente causal de este fenómeno ha sido el cambio del patrón reproductivo de la mujer a partir de la segunda mitad del siglo pasado, manifestación que debe ser interpretada como una tendencia generalizada en el contexto de la cultura occidental. A lo largo de la historia, cuando los países se vieron involucrados en guerras internas y/o externas, las mujeres asumieron gran parte de las tareas productivas que realizaban los hombres, pero a medida que el siglo XX avanzó, ellas se interesaron cada vez menos por volver a sus esferas habituales. Por una parte, las condiciones de precariedad económica de la post guerra las incentivaron a buscar trabajos remunerados para ayudar a sus familias, mientras por la otra, cobraban fuerza las demandas por la incorporación femenina a la vida política, especialmente aquellas centradas en obtener el derecho a sufragio para continuar con reconocimiento laboral igualitario y, últimamente, con exigencias asociadas al concepto de género. En Chile, la masificación del uso de anticonceptivos orales e intra-uterinos de finales de los '60, provista ampliamente a través de los servicios de salud del estado, hizo realidad que la mujer pudiera optar con éxito a limitar su familia. Esta fue una innovación sin precedentes, por cuanto esta política de estado permitió a las mujeres construir proyectos culturales propios, a través de su incorporación al mundo laboral y del desarrollo de áreas de intereses distintos al ámbito familiar, más ajustados a su crecimiento personal.

Cuando en las últimas décadas del siglo XX se reconoció la tendencia al predominio de habitantes mayores, se produjeron acalorados debates entre defensores y detractores de la planificación familiar, considerada como ya señalamos, la intervención responsable de la baja de la tasa de fecundidad en Chile. Durante los años del Gobierno Militar, la baja del crecimiento generó inquietudes geopolíticas arraigadas en la percepción que los países con mayor población tendrían más poder político y económico. Se optó entonces, por una política de población orientada a estimular el crecimiento por la vía de dificultar el acceso a la contracepción, pero la verdad es que no tuvo resultados prácticos, porque el manejo anterior dirigido a la disminución de los embarazos no deseados no fue solamente una intervención médica, sino una profunda acción educativa de toma de conciencia acerca de la paternidad responsable por una parte, y por la otra, un reconocimiento hacia el rol de la mujer en la vida activa, lo que tuvo como consecuencia el cambio cultural ya descrito.

Durante el Gobierno Militar no hubo intervenciones en la forma de política de Estado en el campo del envejecimiento, sino más bien efectos de acciones generales derivadas del gran objetivo de modernización hacia un modelo económico neoliberal, siendo para nuestro estudio la de mayor relevancia la de Seguridad Social. Entre los años 1980 y 1981, el Estado traspasó responsabilidades a los privados constituidos como Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), destinadas a tutelar el ahorro de los trabajadores para el momento del retiro, pero siguió manteniendo a los de menores recursos en el Instituto de Normalización Previsional, INP. Al mismo tiempo se implementó un sistema paralelo de salud privado, ISAPRES, para los de mayores medios. La Seguridad Social de los chilenos es desde entonces un sistema mixto, que descansa en un pilar público y en otro privado. En el mismo período se registra una medida política de injerencia negativa, cuando producto de la recesión económica de los años 1982-1983, el reajuste del 10.6% que correspondía aplicar a los jubilados no fue cancelado, en virtud de otras prioridades. Esta deuda fue saldada sólo parcialmente en 1995, porque los montos pagados no correspondían exactamente a los adeudados (7). Otras intervenciones tuvieron carácter asistencial tales como: la creación de la Pensión Asistencial, PASIS, exclusiva para ancianos calificados en tramos de pobreza de acuerdo al instrumento de medición de la época1; CONAPRAN, Corporación Nacional para la Protección de la Ancianidad, la organización de voluntariado femenino que agrupó ancianos en clubes con fines recreativos y asistenciales; y una política de reajuste de pensiones automática cuando el IPC llegaba a acumular 15%.

En los primeros años del retorno democrático el Gobierno se abocó a la elaboración de una política específica para el adulto mayor a través de MIDEPLAN(8), a partir de un razonamiento metodológico de "inversión en capital humano" como alternativa integral para superar la pobreza, a través de un proceso de "identificación de colectivos", estrategia que buscaba reconocer ciertos grupos sociales como sujetos preferentes de atención, dentro de los cuales considera a niños, jóvenes, discapacitados, pueblos nativos, mujeres jefes de hogar y tercera edad, lo que condujo a la elaboración de la Política Nacional sobre Envejecimiento y Vejez: Lineamientos Básicos. Este fue el primer documento oficial que reconoció explícitamente el cambio demográfico experimentado en Chile hacia el envejecimiento de su población, reconociendo a los mayores como uno de los sujetos prioritarios de cobertura de la política social integral del Gobierno.

En este contexto, ellos han sido definidos como actores de su propio proceso de envejecimiento individual y también social. De esta forma se busca desplazar por una parte, los antiguos enfoques caritativos donde el sujeto era más bien una víctima que un objeto de atención; y por la otra, la orientación preponderante hacia los aspectos médicos curativos. Este carácter le otorga la dimensión de "envejecimiento activo", según el cual las personas mayores son miembros tan útiles a la sociedad como los otros, por tanto interesa facilitarles interactuar en el máximo de los niveles, para poder recoger su aporte familiar, comunitario y político. La intervención estatal frente al envejecimiento es entendida como una acción emprendida por varios sectores del aparato público, que genera acciones a partir de precisiones sobre coberturas esperadas frente a necesidades físicas, materiales, de integración social y política y recreativas.

En enero de 1995, el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle designó como su organismo asesor en la materia a la Comisión del Adulto Mayor, la que tuvo por encargo confeccionar una Política Nacional, promulgada en 1996. Este discurso oficial apunta a que el Estado debe cumplir con su rol subsidiario en favor de esta población, produciendo los recursos que permitan realizar las acciones planificadas en la Política Nacional, lo que permitirá que se les otorguen subsidios directos e implementar los planes y programas específicos, declarándose a sí mismo actor principal y promotor del cambio, en cuanto a superar el enfoque predominantemente asistencial que se había llevado hasta entonces y además, como el ente coordinador de las acciones de distintos sectores de su dependencia involucrados en la atención del senescente, actividad a la que le atribuye gran importancia, dado que hay un reconocimiento explícito de frustración de acciones anteriores dirigidas a esta población objetivo, por la falta de sistemas de enlace que permitieran tener evaluaciones adecuadas de las prestaciones que se estaban entregando.
Se determina asimismo los tipos de servicios a entregar a partir de diagnósticos multisectoriales y finalmente, el Estado delimita responsabilidades frente al cuidado del adulto mayor, propendiendo a un papel activo por parte de
la familia en primera instancia y también de la comunidad. Hay un gran énfasis discursivo en cuanto a que la responsabilidad de atención del adulto mayor debiera ser asumida sin que el senescente sea apartado de su entorno familiar habitual, y se expresan repetidas alusiones a su integración activa al medio social.

Imaginario del envejecimiento

No es infrecuente, dice el Dr. Fernando Lolas (9), "en personas sanas que envejecen, encontrar que el Yo carece de edad, mientras las otras personas a su alrededor perciben una serie de cambios. Esta dualidad entre la consideración externa y la interna es crucial para entender algunos problemas psicológicos asociados a esta etapa de la vida. El "sentido" que dan los demás a una vida, contrasta a veces agudamente con el "significado" que a sí mismas se dan las personas. El sentido social está asociado a la ética del trabajo. Hacer es más importante que ser, y ésta es la base de la asignación usual de categorías entre adultos. El significado personal en cambio, es una construcción individual de identidad. Y así como hay una discrepancia entre el cuerpo percibido por las propias personas y el mismo cuerpo percibido por otros, así también la imagen interna difiere al ser construida por el sujeto o por el grupo al cual pertenece".
Las
imágenes que tiene la sociedad actual respecto a la senectud, tanto las que elabora quien está experimentando el proceso como sus cercanos y la sociedad en general, corresponden a patrones culturales de "negación", vale decir, de no querer reconocer que el envejecimiento es una situación insoslayable para el ser humano, aun el del siglo XXI, miembro de una sociedad que ha logrado tantos avances científicos y tecnológicos cuyos beneficios deberían ser capaces de aminorar las condiciones ingratas asociadas a este proceso. Nuestra aldea global refuerza constantemente esta idea, apoyada por los medios de comunicación. Así, el intentar detener o retardar el envejecimiento se ha convertido en una obsesión y también en una nueva y prolífica fuente de ingresos al crear un hábito de consumo diferente, lo que permite vender exitosamente una enorme gama de productos y servicios tales como cirugías, cosméticos, aparatos de ejercitación física, vestuario, alimentos especiales, suplementos vitamínicos, antioxidantes, entre otros.

La vejez es percibida y transmitida como una situación angustiosa, estereotipada en imágenes de ancianos enfermos, inválidos, que sufren graves alteraciones emocionales, y que por sobre todo, representan una carga emotiva y económica para sus familias, sea que compartan el hogar con sus parientes, vivan solos o estén internos en instituciones especiales. Los medios de comunicación en general se refieren al "problema de envejecer", como algo completamente ajeno a las realidades individuales de todos los involucrados en el proceso comunicacional. Es como si comunicadores, lectores, auditores o tele espectadores estuvieran completamente a salvo de vivir este tránsito. Esto se expresa abundantemente en documentales y programas testimoniales que ilustran destructivamente este paso y también en la ausencia de imágenes de adultos mayores en la televisión. Son muy escasos los conductores de este grupo de edad en la programación de alto rating, ya que la televisión chilena en general (y un poco menos la internacional), privilegia programas de contenidos y figuras muy juveniles, en desmedro de los mayores.

Pero: ¿cómo se ven los adultos mayores a sí mismos? Al respecto son muy interesantes los resultados del estudio auspiciado por la Organización Panamericana de la Salud y realizado por el sociólogo Oscar Domínguez, sobre la base de entrevistas realizadas en un universo de 1.572 adultos mayores de las comunas urbanas de la Región Metropolitana(10), que entrega la percepción de los senescentes frente a su propia salud y funcionalidad para las actividades cotidianas, como indicadores de bienestar físico, mental y social.

Según los propios ancianos, sus problemas más importantes estaban relacionados con las exigencias económicas y de salud, representando lo económico la principal preocupación para los menores de 75, mientras la salud se manifestó como tema prioritario sólo en los grupos más altos, especialmente en mujeres. Este hallazgo es relevante y reafirma lo aseverado antes por el Dr. Lolas, acerca de las enormes diferencias que existen entre la percepción individual y social respecto al envejecimiento. En cuanto a sus aplicaciones operacionales, plantea relegar definitivamente las orientaciones de las políticas dirigidas a la vejez, basadas en el tradicional acondicionamiento cultural de tender a considerarlos como "enfermos", puesto que aquí se reveló que el 65% de los interrogados se sentía "sano" y además, tenían buena capacidad para cuidar de sí mismos. Para conocer su medida, se elaboró un Índice de las Actividades de la Vida Diaria (AVD) que permite agrupar a la población objetivo en tres categorías: los autovalentes, que desarrollan su vida normalmente sin ayuda; los que requieren ayuda para determinadas actividades, y los frágiles e inválidos, que están impedidos de atender a su cuidado sin asistencia.

Esta clasificación permite identificar los servicios de apoyo necesarios para conservar la autonomía o atenuar la dependencia según el caso. Los resultados muestran que el 66.7% de la población mayor cubierta en este estudio puede definirse como funcionalmente sana, capaz de llevar una vida independiente, 30% son funcionalmente frágiles, es decir requieren auxilio para ciertas actividades, y el 3.3% es funcionalmente dependiente y padece invalidez severa.

El 71.9% de ellos declaró tener algún problema de salud al momento de ser interrogado, más las mujeres que los hombres. Entre los problemas que ellos señalaron con mayor frecuencia estaban los asociados al aparato circulatorio, al sistema osteo-muscular, traumatismos, accidentes y enfermedades de los órganos de los sentidos. Respecto a estas últimas alrededor del 30% refirió problemas secundarios para enfrentar sus actividades diarias por disminución de la visión y un 12% de audición. Al 28% de los entrevistados la falta de piezas dentales le impedía la masticación. Por tanto podemos inferir, que existe un 30% de adultos mayores que requieren obtener soluciones relativamente simples y de bajo costo para mejorar sus capacidades.
A pesar de esta optimista
evaluación de sí mismos y la abierta discriminación en contra del envejecimiento de los medios, el sillón o la cama frente al televisor siguen siendo "el lugar más cómodo" donde el senescente pasa gran parte de su tiempo, sea en su hogar o en instituciones.

Aquí el adulto mayor, cuya identidad propia se ha ido desdibujando a medida que va tomando conciencia tanto de sus limitaciones físicas y psicológicas como de sus dificultades para mantenerse inserto en el diálogo familiar y social, se adueña de ficciones ajenas que le permiten disociarse de su propia realidad. Sin embargo, esta situación no es muy distinta en otros grupos, puesto que los chilenos de todas las edades pasan alrededor de dos a tres horas diarias frente al televisor. Resulta apropiado entonces, asociar el potencial de la televisión a la introducción y transmisión de mensajes destinados a cambiar la imagen social de los ancianos. Pero la empresa no deja de tener sus dificultades.

La televisión es un sistema centralizado de narrar la historia. Sus dramas, anuncios, noticias y otros programas llevan a un mundo relativamente coherente de imágenes y mensajes comunes a cada hogar televidente. Las generaciones actuales nacieron dentro del ambiente simbólico de la televisión y viven con sus respectivas lecciones a lo largo de la vida. La televisión cultiva desde el principio las predisposiciones genuinas que influyen en los usos y selecciones culturales futuros. Trascendiendo barreras históricas de cultura y movilidad, la televisión se ha convertido en la principal y más común fuente de cultura cotidiana de una población diversa y heterogénea como la nuestra. Muchos de los que actualmente dependen de la televisión, nunca, anteriormente, habían tomado parte en una cultura política nacionalmente compartida. La televisión suministra, quizás por primera vez desde la religión preindustrial, un fuerte vínculo cultural entre las elites y el resto del público, un ritual diario compartido y con contenido altamente informativo e irresistible (11).

La televisión detona el proceso de influencia en la opinión pública, porque apela en primer término al elemento visual, apoyado con sonidos, diálogos y relatos. Las series y películas de todo tipo captan fácilmente la atención de la audiencia, porque sus formatos de dramatización apoyados en imágenes y mensajes tipo ideas fuerza así lo permiten. Pero los contenidos son intencionados, de tal manera que muchas veces la programación tiende a sobre representar a ciertos grupos que responden a los parámetros estéticos y políticos deseables, por ejemplo blancos, heterosexuales, jóvenes, delgados, altos, en desmedro de minorías étnicas, ancianos, obesos y enfermos. O bien, si estos modelos llegan a ser abordados, generalmente se hace en la forma de presentación de un problema, llamando la atención del televidente sobre la necesidad de corregir y evitar, pero rara vez de aceptar una condición dada.

La transmisión de valores y creencias, que a su vez generan actitudes de aceptación o de rechazo frente a determinadas posturas, también se realiza de modo más sutil a través de la emisión de noticias "objetivas" y de programas de entretenimiento, aparentemente libres de toda manipulación política. Pero la verdad es que ninguna comunicación es neutra y todas ellas, en mayor o menor grado, entregan adjuntos que buscan lograr un determinado efecto en el público, sugiriendo claramente una forma sesgada de ver la vida, lo que constituye manipulación franca. Por tanto, habría que considerar como elementos de información y socialización política no sólo a las comunicaciones que van explícitamente en ese sentido, sino también a todas aquellas que implícitamente tratan sobre ello.

Otro tema que se debe examinar es la finalidad que persiguen los medios de comunicación y, más concretamente, la televisión. Esta cuestión parece un tanto baladí porque se puede responder de inmediato que sus objetivos son la información y el entretenimiento. Esto es cierto, pero no debe olvidarse que ante todo son empresas y como tales persiguen la obtención de beneficios económicos, algo perfectamente acorde con el esquema de libre mercado en que estamos insertos. Esos beneficios se logran, como es sabido, a través de los anunciantes que pretenden hacer llegar sus productos al mayor número posible de personas. Por tal motivo, la prioridad en la programación televisiva es captar a la mayor audiencia posible y preferentemente, al segmento con mayor capacidad de consumo. Respecto a nuestra población objetivo, aproximadamente el 90% de los adultos mayores (recordemos como dato ilustrativo que solamente el 8% de ellos están afiliados a ISAPRES), tienen más o menos disminuida su capacidad y potencialidad de consumo por sus bajos ingresos; por tanto, no resultan un mercado publicitario atractivo. Educar utilizando la televisión entonces, requiere implementar acciones que promuevan la asociación del Estado con privados, para proveer espacios financiados que permitan introducir los mensajes positivos deseados. De no existir esos apoyos, no sería posible intervenir en forma sostenida por este medio.

La calidad de vida

Nuestra perspectiva de análisis es la de considerar el envejecimiento como un evento fisiológico, que si bien está presente durante toda la vida se hace más intenso en las últimas décadas, y se expresa en dificultades para la adaptación tanto del organismo frente al propio Yo biológico y psicológico, como frente al medio social en que se desenvuelve quien alcanza la senectud. Uno de los desafíos más importantes en la geriatría de hoy es poder definir qué es el "envejecimiento sano", en el sentido de establecer la frontera con lo patológico. Sabemos que en el envejecimiento biológico tienen participación factores tales como la herencia, el sexo, los estilos de vida, el ambiente, estado nutricional, los niveles de ingreso y educacionales, la actividad laboral desarrollada en la época activa, sus condiciones de vivienda en términos arquitectónicos y familiares, etc. El conjunto de estas y otras variables nos lleva a la elaboración del concepto "calidad de vida", recurriendo para efectos de este análisis a la elaboración de F. Lolas (9).
El concepto de "calidad de vida" considera que la subjetividad es un elemento esencial, por tanto la expectativa es ante todo individual. Externamente, podrá afirmarse que una calidad de vida es mejor o peor, pero en último término es la propia persona la que la valida. En la senectud esto es una crucial fuente de conflictos y por cierto de reflexión moral. Cuando se piensa en forma analógica, basándose en los propios criterios, es difícil hacer
justicia a los demás. Se descubre que individuos gravemente limitados, viviendo vidas casi inhumanas, aun en las peores circunstancias, desean conservarlas. En otros casos, no se entiende por qué alguien desea terminar su propia vida si a juicio del observador, posee bienes materiales y espirituales suficientes. Esto ocurre porque existen profundas anomalías que conducen a percepciones erróneas acerca de la relación interpersonal, porque son elaboraciones que desconocen al otro como agente autónomo. Parte de esta anomalía deriva de las buenas intenciones o de lo que se cree que es solidaridad, que conduce frecuentemente a los seres humanos, cual más cual menos, a practicar el paternalismo, que no es otra cosa que hacer el bien al otro sin dejarle la posibilidad de negarse.

La "calidad de vida" es multidimensional, por tanto no puede evaluarse atendiendo solamente a los bienes materiales o al estado de salud. Debe comprender el estado físico, la espiritualidad, la capacidad de desplazarse, la independencia, la satisfacción, esto es, innumerables dimensiones. No es de extrañar entonces, que en algunos aspectos haya mayor precisión que en otros, siempre teniendo en cuenta que lo que es estimado como bueno, pueda variar según el tipo de escala o la forma de medir. Así llegamos al tercer elemento del concepto: su complejidad, producto de la heterogeneidad. El cuarto componente es que calidad de vida es un concepto dinámico, por tanto varía con el paso del tiempo. De esta forma, la apreciación al respecto que se tiene a los veinte años es distinta a los cuarenta o cincuenta, no solamente porque algunas preferencias han cambiado, sino porque determinadas limitaciones fisiológicas imponen diversos tipos de satisfacciones, y por que además, el propio criterio con que se evalúan las cosas cambia. Una cuantificación o una evaluación cualitativa que no tome en cuenta este hecho, perderá algo indispensable para comprender la diversidad por edades.

Si se comparan dos grupos de senescentes dentro de un mismo rango de edad, podemos advertir pérdidas distintas, de modo que lejos de constituir los ancianos un grupo uniforme, se caracterizan por ser en extremo diversos entre sí. No todos los sistemas orgánicos y los atributos psicológicos envejecen al mismo ritmo. Y ello induce a más diferencias individuales. Así, hay sujetos más añosos en su sistema cardiovascular que en su sistema gastrointestinal. Hay algunos cuyas funciones cognoscitivas quedan intactas por mayor tiempo. La característica esencial es que cuesta evidenciar el cambio. Primero por los atributos y la complejidad de la calidad de vida y luego por la mayor diferenciación que las experiencias vitales introducen en las personas. En épocas anteriores, tales cambios no alcanzaban a mostrarse en plenitud, simplemente porque las personas morían antes.

Proponemos adoptar este concepto "calidad de vida" en sus posibles aplicaciones para el estudio y elaboración de políticas públicas en beneficio de la población de adultos mayores, teniendo en cuenta que por ser un concepto subjetivo, multidimensional, complejo y dinámico, es el marco que ofrece la mejor interpretación integral para abordar futuras acciones.

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