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Thursday, January 17, 2008


1.1. La máscara y la muerte.


Los egipcios fueron los primeros en recubrir las caras de los muertos con máscaras funerarias. Prisionero de su semejanza transfigurada, el difunto no podía ya tener acceso al mundo de los vivos. La máscara egipcia nace ligada a la muerte. Se presentaba, a primera vista, como un tabique estanco, una separación entre dos mundos. En realidad, la muerte en Egipto era delgada como una máscara. Era una muda y no un aniquilamiento, un paso y no un término, morir era viajar con serenidad como un sueño. No había muerte, sino muertos.

Los primeros romanos les rendían culto a los antepasados y las máscaras cumplían funciones funerarias. Éstas se moldeaban con cera en las caras de los difuntos, que eran llevadas por los miembros de la familia en cada nueva muerte y que representaban a los antepasados. Con el pasar de los tiempos la conciencia trágica se perderá con la máscara escénica de los romanos, grotesca y caricaturesca.

La máscara griega, destino y tragedia. Máscaras de oro de Micenas, trabajadas sobre las caras mismas de los muertos, son sobrecogedoras huellas de una vida que se ha coagulado. Esa rigidez cadavérica era la de las máscaras griegas que se paseaban por escena, llevadas por los actores que resucitaban los hombres de antaño.

La máscara africana no es la fijación de una expresión, sino una aparición que hace nacer la angustia de una presencia mágica. Asociada a los ritos agrarios, funerarios o iniciáticos, la máscara en África Occidental, constituye el apoyo, de fuerzas espirituales que interesan unos grupos restringidos o una sociedad entera, permite captar y controlar, canatizando y aprisionando la fuerza vital que impide errar, en particular después de la muerte de un ser humano o de un animal que provoca una liberación de energía.


1.2. Los cristianos desde los profetas a la Edad Media.


Los cristianos aseguran que la muerte es el estipendio y la paga del pecado. Así consta en el libro del Génesis (I, 27; XX, 2), y San Pablo lo confirma y recuerda en casi todas sus epístolas (a los Romanos, V, 12; VI, 23. A los Corintios, Primera, XV, 21. A los Efesios, II, 15. A los Colosenses, II, 13. A Timoteo, Primera, V,6). Jesucristo destruía la muerte con la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mi aunque hubiere muerto vivirá; y todo aquel que vive y cree en mi no morirá para siempre” (San Juan, XI, 25 y 26).

En los tiempos heroicos del cristianismo morían los fieles gozosamente, con la alegría del viajero que sabe de antemano que le aguarda la felicidad al término de su viaje. Nada les causaba temor; ni las incomodidades del trayecto, ni el dolor físico de la jornada. Antes al contrario, eran méritos y trabajos santificantes que harían más apetecibles el placer de llegar. Los primitivos cristianos sabían por qué morían y para qué morían. Esta certidumbre infusa, proclamada por legiones de mártires, les permitió prever y disfrutar anticipadamente los goces inefables de la vida eterna.

Esos tiempos heroicos pasarán cuando Constantino (gobernó entre 312-337) con el Edicto de Milán (año 313) decretó la tolerancia al cristianismo. Con Theodosio (gobernó entre 379-395), el cristianismo triunfó, por lo que el nuevo emperador lo declaró religión oficial y única del imperio (año 380), aboliendo el paganismo en el año 394.

El cristianismo triunfará y el imperio romano se dividirá y luego se derrumbará dándoles paso a la Edad Media y a la hegemonía de la Iglesia y el poder a los Papas. La socorrida imagen medieval representará al universo y al mundo como una inmensa liza dispuesta para el triunfo de la muerte sobre cabezas coronadas, mitras bamboleantes e infernales orgullos.

En los fastos rudos de la Edad Media la muerte parece significar término y castigo. Se muere lentamente, día a día, hora a hora, con plena consciencia de que morir es solucionar todos los conflictos humanos. Pesa la muerte más que la vida en la balanza de las apreciaciones históricas. Su presencia hace del día noche y de la canción plañido.

La fatalidad de la muerte, evidenciada por los moralistas y los teólogos, polariza todas las preocupaciones y centra el pensamiento universal en un montón de tibias cruzadas y calaveras. La técnica de morir se eleva entonces al rango de arte. De la Edad Media puede decirse, no que muere viviendo, sino que vive muriendo. Hombres y mujeres visten mortajas. La muerte armada y ensabanada, con una clepsidra en la mano, se enseñorea de las ciudades y cantan las horas, castañeteo de sus desiertas mandíbulas, en un terrible y constante ¡recuérdenme¡


1.3 La muerte para los judíos, los ortodoxos y los islámicos:

La mayoría del pueblo judío, con excepción de algunos justos, era y sigue siendo materialista. Sitúa es este mundo el premio y el castigo de las buenas o malas acciones y considera la mansión del Señor inaccesible a los mortales. La muerte, para muchos de ellos, significa carroña y fin de todo. Interpretando a los profetas a modo de oráculos políticos, el Mesías se define en sus mentes, no como Redentor del género humano, sino como una especie de caudillo racista que levantará al pueblo elegido de su postración y lo sacará del oprobio. Presuponemos la decepcionada extrañeza de los judíos nacionalistas que creían en Jesús “Mi reino no es de este mundo” (San Juan, XVIII, 36).

Para el pensamiento ortodoxo, la muerte está decretada a los hombres por Dios y su hora es incierta. Debemos mirarla con sacrificio grato al Todopoderoso. Es puerta de acceso a la inmortalidad y por ello la muerte de los seres queridos no debe contristarnos.

Los árabes, a través de Mahoma y los preceptos del Corán; la vida del hombre está predestinado, el juicio final y la reencarnación existen.


1.4 El Renacimiento.

Durante el Renacimiento se dan cambios trascendentes, como sucedió cuando el hombre abandonó la preocupación por la existencia de mundos ultraterrenos de carácter metafísico para fijar su atención en la naturaleza como fuente de conocimiento y de creación artística.
En el Renacimiento europeo, pintores, poetas y músicos celebraban una muerte buena como la ars moviendi (el arte de morir). La muerte, como el Renacimiento, se vio como parte del ciclo de la vida, incluso una causa para celebrar la salvación del alma. (Gelles y Levine, 1995).



1.5 El siglo XX. La fascinación por la muerte.


Todos los contemporáneos de la antesala del siglo XX son reflejo de la crisis de valores que fragmenta las sociedades europeas (Nouschi, 1999). El desfase entre las mutaciones tecnológicas, las conquistas materiales y la fuerza de las tradiciones esta más o menos pronunciado, según los países. En la Alemania de Guillermo II (1859-1941) – último emperador alemán, su agresiva política exterior fue uno de los factores desencadenante de la I Guerra Mundial y la extinción del imperio - adoraba el arte con casco y convencional, las jóvenes generaciones se refugiaban en el irracionalismo, el anticonformismo y sobre todo el individualismo, vivero de las nuevas tendencias.


Luego vendrá la II Guerra mundial, las guerras del sureste asiático y las del Oriente medio en donde el arte de matar se va tecnificando sin necesidad de ver al enemigo frente a frente de una trinchera a la otra.

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