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Thursday, January 17, 2008


2. LA MUERTE EN LA LITERATURA.


Sobre la fuerza emocional telúrica de la muerte que sido, es y será punto de partida del más grave raciocinio, tiene Unamuno palabras felices y aclaratorias: “Un Miserere cantado en común por una muchedumbre azotada del destino vale tanto como una filosofía”, podemos recalcar que dicho canto se hace en las tinieblas de profunda incertidumbre. Pocos escritores, artistas y músicos se han sustraído al tema de la muerte. El misterio, compartido por todos, que encierra es manantial inagotable de inspiración para la poesía. La muerte (thanatos) y el amor (Eros), inseparablemente unidos, fecundan la conciencia del hombre y le sugieren ideas y sentimientos.

La muerte destruye, para unos; el amor crea, para otros. Este crear y destruir, en riguroso turno de poder, forman la trama de la gran tragedia de la vida. Quién pregona el triunfo definitivo de la muerte; quién la victoria de la muerte. Muerte y amor, en incansable forcejeo, se disputan nuestras codicias, nuestros afanes, nuestras ilusiones. Y así hasta la consumación de los siglos en una especie de guerra fría y paz ardiente.

La muerte, he llegado a comprender, no se define; se siente, se teme, se llora o se canta. Para el filósofo es motivo de meditación; para el poeta, ritmo y melancolía. La Danza Macabra (1874) de Camile Saint Saëns (1835-1921). Nos describe el paisaje nocturno de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que una danza macabra siempre ha sido un tema alegórico en arte, literatura, teatro y música que se caracteriza por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte, así como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social. Es también una amonestación a la necesidad de arrepentimiento.

La novelística universal debe a la muerte sus mejores capítulos, los más intensos y densos del contenido humano. Y aquí la ficción nunca es ficción porque calma su sed en los abrevaderos experimentales de la realidad. Desde los llamados Libros de los Muertos de los antiguos egipcios, que se colocaban junto a los cadáveres a modo de itinerario, pues contenían minuciosos detalles de los parajes ultraterrenos hasta “Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías”, de uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), pasando por la “Diferencia entre lo temporal y lo eterno” de Padre Juan Eusebio Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, más o menos ascética, más o menos humorística, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningún país, ni tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideológico y geopolítico.
La inquietud de la muerte flota como un fantasma sobre la lírica del mundo entero. Hay poesía del amor y hay poesía de la muerte que a veces, se funden en un solo gran poeta que se llama “el Temor”.

Así nos encontramos con:


- César Vallejo (1892-1938). Cuando decide morirse porque si. Por las experiencias del dolor cotidiano que es la muerte por cuotas; la visión de un mundo como un lugar penitencial sin certeza de salvación.
- Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Consternado por la soledad en que se quedan los muertos.
- Antero Quental (1842-1891). Quien consideraba el mutismo de la muerte más resonante que el clamoroso mar.
- Joaquín Teixeira de Pascoaes (1877-1952). Que deseaba morirse como la luz, como el paisaje, a la dulce hora del crepúsculo.
- Faver Páez para quien la muerte debe pesar mil noches juntas.

Tenesse Williams (1811-1983) nos decía que: los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. Ernesto Sábato, nos guía sobre “Héroes y tumbas. Miguel Otero Silva nos lleva a visitar sus “Casas Muertas” y denuncia “La muerte de Honorio”. Gabriel García Márquez, nos anuncia una “Crónica de una muerte anunciada” y en “Ojos de Perro azul”, se enfrenta cara a cara con esa presencia inevitable que es la muerte descubriéndola como una parte gemela de nuestro cotidiano vivir.

La muerte conocida desde la vida y en la vida misma. La muerte vislumbrada en los sueños y luego conocida como experiencia total: del alma y del cuerpo. La muerte como una constante inminencia que nos revela hasta qué punto nuestro propio ser está formada por aspectos distintos y nunca imaginados. En la “Tercera Resignación” nos dice el Gabo: “En el polvillo bíblico de la muerte.

Acaso sienta entonces una ligera nostalgia; nostalgia de no ser un cadáver imaginario, abstracto armado únicamente en el recuerdo borroso de sus parientes. Sabrás entonces que va a subir por los vasos capilares de un manzano y a despertarse mordido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces _ y eso le entristecía _ que ha perdido su unidad; que ya no es –siquiera- un muerto ordinario, un cadáver común.

La dicotomía del thanos y el ros aunque parezcan dos elementos distintos se convierte en uno solo, Vargas Vila la resalta en su Ibis en una sola unidad: “Teme al amor como a la muerte, que es la muerte misma”.

Entre los poetas y escritores latinoamericanos que tratan la muerte de manera especial y sus incertidumbres constantes del deceso, se encuentra en Rubén Darío


A lo Fatal: Dichoso es el árbol que apenas es sensitivo / y más la piedra porque esa ya no siente / No hay mayor dolor que el dolor de estar vivo / Ni mayor pesadumbre que una vida consciente / ser y no saber nada y ser su recurso cierto / y el temor de haber sido y en futuro tierra / y el espanto seguro de estar mañana muerto y sufrir por la carne y por la tierra / y por lo apenas sospechado e imaginarnos / sin saber siquiera a donde vamos / ni donde venimos.

En la poesía venezolana, el tema de la muerte es frecuente en Lazo Martí en su “Silva Criolla” la resalta con su “es tiempo de que vuelva es tiempo de que tornes y la lluvia con sus esteras verticales, trae la muerte”. Pérez Bonalde en su “Vuelta a la Patria”, engolfa a su madre y su muerte: Madre aquí estoy / de mi destino vengo / a recibir en tu glacial regazo / la triste para que el pecho tengo / y darte cubierta de la ausencia mía.

Escritores y poetas han vivido rodeado de muerte ejemplo de ello lo tenemos en: Horacio Quiroga (1878-1937) siendo niño ve el suicidio de su padre, la esposa también se suicidio, él accidentalmente manipulando una pistola mató al poeta Federico Ferrando, sus dos hijos Rubén y Haide también fallecieron por suicidio y él también se mató. Todos los cuentos de Quiroga tratan sobre la muerte. El primero, por ejemplo, se llamó “Cuentos de amor, de locura y de muerte”.

El segundo ejemplo lo tenemos en Ernest Hemingway (1899-1961) y su juego con la muerte; en su conciencia, en su pasado, en su recuerdo y en su futura descendencia: su abuelo, su padre, él, su hija y su nieta decidieron acabar con su vida y encontrarse con la muerte en el momento cuando ella, ellos o el destino lo consideraron oportuno. Su obra precipita hacia la fatalidad todas las verdades de la vida, con la presencia de la muerte.

La muerte en toda su expresión la encontramos en todos los libros de Hemingway, especialmente en “Adiós a las armas”, “Muerte en la tarde” y por “Quién doblan las campanas”. En su obra se desprende que: el hombre es, en la creación, el único ser que sabe de antemano que ha de morir, y que tiene la facultad de pensar en ello en los momentos en que la alegría y el orgullo de vivir podrían embriagarle más.

De igual modo que ésta es la idea fundamental de la obra de André Malraux (1901-1976) en ella cohabitan una acción fonética y un pensamiento angustiado, en las “Voces del Silencio”, Malraux, da todas sus resonancias a la palabra destino para librar al hombre de su fatalidad mortal: “sabemos muy bien –escribió- que esta palabra cobra su verdadero sentido por el hecho de expresar la parte mortal de todo lo que ha de morir”.; es también lo que constituye toda la soberanía del hombre a los ojos de Hemingway. Esta soberanía aparece tanto más clara por cuanto surge de la tremenda lucha que sostienen la vida y la muerte en el seno de la naturaleza.

El realismo de Hemingway pinta esta lucha con tan vivos colores, que es capaz de evocar todas las opulencias de la vida. Véase, por ejemplo, en “Tener o no tener”, la pagina en que nos muestra el bullicio de unos pececillos pegados a un barco a la deriva sobre el cual agoniza un hombre mortalmente herido: los peces se sacian con la sangre que se desliza por el flanco de la embarcación y se diluye en hilillos viscosos en el mar. Así la vida fluye hacia la muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Sólo cuando el hombre aparece en esta repugnante aventura, es con ciencia y conciencia de su destino. Vive como el resto de la naturaleza, en un caos análogo de absurdos y de violencia. Pero sabe que tiene una cita con la muerte, y cuanto más se lanza a una vida arriesgada, tanto más tiene fijos los ojos en la muerte.

Todas las distinciones que hace Hemingway entre los hombres se basan el en valor que poseen para sostener esta mirada. Él visitó muchos pueblos. Su predilección iría, entre todos, hacia el que, dijo, “se interesa por la muerte”, hacia el pueblo español. Escribiría en “Muerte en la tarde”: “Cuando un hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por sí mismo uno de los atributos divinos, el de darla”. Pero en “Por quién doblan las campanas” su héroe afirma: “hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto, todo se corrompe”. Es una de las supremas bellezas del libro, esta depuración de la idea de la muerte más allá de una vida en la que la muerte está constantemente presente en acción y en imágenes vividas.


En la obra de Hemingway encontramos también otra fuente de emoción, consiste en la inminencia de la muerte dentro de la vida ardiente del amor. Pero él siempre decidirá cuando llegará la muerte


3. BIBLIOGRAFÍA:

Akou, André (1981). Antropología. Barcelona. Asuri Ediciones. (Director).
Albornoz, Hernán (1990). Diccionario de filosofía. Valencia. Vadell Hermanos Editores.
Gelles, Richard J y Ann Livine (1995). Sociología. 6ta. etapa. México. Mac Graww Hill.
Harrison, Jhon et al (1991). Estudio de las civilizaciones Occidentales. Buenos Aires. Mac Graw Hill.
Irribarren, Manuel (1965). Los grandes hombres ante la muerte. 2da. edic. Barcelona. Montaner y Simón S.A.
Jensen, A.E (1954). Myhes et cultes chez les peuples primitives. Paris. Payot.
Martínez E., Leonor y Hug M.E. (1998). Diccionario de filosofía. Bogotá. Panamericana Editorial.
Nack, De Emil (1966). Egipto y el próximo Oriente en la Antigüedad. Barcelona. Editorial Labor.
Nouschi, Marc (1999). Historia del siglo XX todos los mundos, el mundo. Madrid: Editorial Cátedra.
Rojas M., Carlos (2002). El enfermo mental ante la muerte. Estudios clínicos de antropología psiquiátrica. Valencia. Universidad de Carabobo. CDCH.
Salvat, Manuel (1974). La prehistoria. Barcelona. Salvat Editores. (Director).
Sanoja Mario e Iraida Vargas (1992). Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos. 3ra. edic. Caracas. Monte Avila.
Vargas Arena, Iraida (1990). Arqueología, Ciencia y Sociedad. Caracas. Editorial Abre Brecha


Autor:
Luís Rafael García Jiménez
garcial@ujap.edu.ve


La muerte ¿es tan terrible?
Autor: Hugo Pinaud R.

Uno de los temas que mas inquieta, a los que ya cruzamos los 70, es el de la muerte. Se nos enseño, tanto en la escuela, en la familia, en la iglesia, que había una vida posterior a la muerte y que según haya sido nuestra conducta social y personal lograríamos ir a un paraíso celestial o a un infierno, previa calificación efectuada por un Dios que nos castigaba o premiaba. Pero con el transcurso de los años y de los estudios, uno se va dando cuenta que esa visión es arcaica e interesada y que conviene más al sistema económico y religioso que nos rige. Nos dan esta visión para que adoptemos una posición de servilismo frente al sistema, de acatamiento absoluto de las normas que convienen al dueño del poder (económico, social, religioso y militar). Este juego ha sido permanentemente usado por el poder para someter a los grupos sociales más vulnerables (ya sea por su falta de recursos económicos y/o estudios formales y otros).


Quienes hemos tenido la suerte de lograr un titulo profesional y que nos dedicamos al extraño deporte del pensar, creemos otra cosa.


Cuando uno muere, simplemente desaparece y no hay nada que nos permita, aunque sea como energía, pensar de nuevo en este lugar del Universo. Fuimos un fugaz destello, mejor aun, un eslabón en la cadena de la vida que permitió que la especie continuara y nada más. Fue necesario que nos fijáramos normas restrictivas para poder sobrevivir como especie porque el primitivismo pasado y actual del “homo sapiens (?)” es un peligro para la naturaleza, por lo tanto es urgente que nos “civilicemos”, somos niños frente a un entorno ya maduro, sin sentimientos ni principios y que nos avasalla cuando le es necesario para su objetivo (decimos dominar la naturaleza, pero cuando sobreviene un terremoto, un huracán, un tsunami, no sabemos que hacer y reaccionamos instintivamente, olvidando todas las normas que nos hemos fijado).


Al entrar en el proceso de muerte la misma naturaleza nos prepara, un ejemplo aclara esta idea: cuando en un incendio fallece una persona no muere por las quemaduras, antes muere asfixiada y esto es lento sin conciencia, posteriormente al estar allí “muere” calcinada. Otro caso, es el de la persona que muere en la nieve, primero se duerme y luego fallece por hipotermia sin conciencia del proceso que vive.


La muerte son etapas que usa el proceso de vida para generar cambios (¿mutaciones?) y más vida. En el fondo tememos a la muerte por egoísmo, por desconocimiento de una realidad que se realiza, como tantas otras, sin nuestra autoridad. Tememos perder el poder que ganamos (dinero, títulos, familia). Como yo, fulano tan importante en esta sociedad, me moriré y no podré seguir mandando sobre otros, más aun, siendo la cúspide de la sofisticación de las especies que hay en el planeta. Como me voy a podrir, con un olor extremadamente desagradable y reducirme a la nada en unos cuantos años. Quien me recordara después de unas 3 o 4 generaciones mas, ya que no soy un elegido, un héroe. Y aun estos mismos héroes, con los siglos desaparece el interés por ellos.


Y que decir si la civilización se extingue, mas aun, que pasaría si un asteroide cayera sobre el planeta y sucediera lo mismo que paso con los dinosaurios, alguien recordaría nuestros nombres simbólicos, nuestras proezas, nuestras miserias, nuestro salvajismo. Muchos me dirán, el hombre ha pasado muchos miles de años sobre la superficie del planeta y sigue “vivito y coleando”, pero para los que estudiamos la Astronomía, sabemos que la vida esta en la cuerda floja constantemente, en el filo de la navaja, debido a la cantidad infinita de conocimientos que no tenemos sobre nuestro entorno y en un periodo de tiempo que no tiene importancia en el tiempo astronómico.


Debemos acostumbrarnos a que la muerte es un proceso normal en el desarrollo de la vida y no sentir pena por el que se “va” sino agradecerle lo que hizo por la humanidad toda. Debemos gozar la vida día a día, sacarle el jugo con respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos.

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