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Thursday, January 17, 2008

LA MUERTE EN LA HISTORIA

Tócame el cuerpo en la mañana y sabrás cuánto pesa una noche la muerte debe pesar como un millón de noches juntas.
(Faver Páez: “Para no morir del todo”, 2000)



1. La muerte a través de la historia y la cultura.

De acuerdo con Iribarren (1965) los únicos capacitados para hablar de la muerte son los muertos; pero los muertos nada dicen porque están mudos y delegan en lo vivos la pretensión imposible de comprender y definir el gran enigma.
La muerte (Albornoz, 1990) en sentido general se refiere al deceso de un ser vivo; así entendida es que nos dice Sartre (1905-1980) que la muerte es un simple hecho como el nacimiento. Cuando la muerte se considera como algo que ocurre a la existencia humana, entonces es posible apreciar varias concepciones acerca de la misma.

Así tenemos:
- La muerte como principio de una nueva existencia. Esta es una concepción religiosa, presupone que el alma es inmortal, que en el acto de la muerte se separa del cuerpo para pasar a llevar otro tipo de existencia.

- Algunas religiones orientales consideran la muerte como el retorno al mundo del cual hemos salido; de ahí el “tierra eres y en tierra te convertirás”, también la idea del “eterno retorno”.

- La muerte entendida como limitación de la existencia, para el existencialista Karl Jaspers (1883-1969) la muerte es la situación límite, inevitable a todo hombre. En tal sentido es decisiva, esencial, ligada a la naturaleza humana en cuanto tal, signo inequívoco de la fenitud.

- La muerte es el problema fundamental del hombre, el solo hecho de tomar conciencia de la muerte basta para engendrar la angustia y caracterizar la existencia humana. La existencia es la vida más la conciencia de la muerte.

1.1. El culto a los antepasados.


El hombre de Neanderthal (+/- 100 millones de años) es considerado el
primer homo sapiens, el quinto de la clasificación de los homínidos (australopitus, oreopitus, zinjantropos, heidilber); ha dejado testimonios de su espiritualidad y ejemplo de ello lo tenemos en las sepulturas, en estos enterramientos se ha podido observar el cuidado con que se disponía el suelo ( cubriéndolo con cantos rodados), el cadáver ( en posición encogida) y las ofrendas. Estas últimas prueban la creencia en una vida de ultratumba que requería la ayuda de los vivos (Salvat, 1974).
Parece ser que la muerte era una realidad que no podía pasar inadvertida para estos hombres del paleolítico dotados cada vez mayor de conciencia.

En los diferentes continentes los arqueólogos y antropólogos han encontrado diversos enterramientos, pero no siempre será posible determinar si el esqueleto descubierto correspondía a una muerte casual acontecida en el lugar del hallazgo o si su situación en ese punto correspondía a una elección deliberada por parte de quienes le sobrevivieron.
Las conclusiones actuales de los investigadores es que el hombre prehistórico no sólo respetaba a sus muertos, si no que, incluso, estaba preocupado por la vida de ultratumba.

Parece evidente que, para ellos, la muerte era la entrada a un reino del sueño, del que ignoramos si pensaban que podían despertarse, es decir, si la muerte era un estado transitorio o definitivo. Aunque no se pueda afirmar rotundamente, es muy posible que los alimentos y objetos de silex, que aparecen junto a los esqueletos con relativa frecuencia, fueron depositados como ofrendas para que el muerto pudiera utilizarlos en el transito de un mundo a otro.

El hombre del neolítico continuará con manifestaciones de culto a los muertos, las primeras comunidades neolíticas enterraban cuidadosamente a sus muertos, a quienes ofrendaban muchas veces vasijas con alimentos, pequeños objetos y otras piezas de ajuar, pero sin excesivas complejidades.

A partir de estos primeros momentos en la evolución del hombre, demuestran que no hay sociedad humana que no someta sus difuntos a atenciones particulares, cuya función es integrar el fenómeno brutal e inevitable de la muerte y, en cierta forma, negarla. Así se explican las actividades frente a la descomposición del cuerpo y al espanto que suscita.
Hay un esfuerzo por suprimir esta descomposición quemando el cadáver y conservando las cenizas, como por ejemplo, las urnas funerarias de los Zapotecas de México; Sanoja y Vargas (1992) señalan que los indígenas que habitaron la actual región costera del Oriente venezolano, las ceremonias funerarias tenían un carácter diferencial en cuanto al rango del individuo; cuando se trataba de caciques o jefes principales, los cadáveres eran desecados al fuego y los huesos pulverizados eran ofrecidos a todos los presentes, mezclados en una bebida fabricada con grasa que había destilado el cadáver durante la cocción (el alimento puede convertirse en el instrumento que ponga al hombre en relación estrecha con lo sagrado: ofrenda a los muertos, a los dioses). Los Koriaks de Siberia dispersaban las cenizas.

El culto a los antepasados reposa en dos ideas principales: primeramente, la muerte es muy raramente una aniquilación total del ser: el difunto sobrevive de cierta forma en un mundo que le es propio y mantiene, se presenta el caso, relaciones estrechas con los vivientes.

Después, como lo ha expresado Jensen (1954), esta actitud frente a los muertos se funda en la idea de que el hombre es un elemento de la divinidad, ya que sea hecho a la imagen de Dios, o que haya recibido de la divinidad una entidad espiritual que es su verdadera sustancia vital, o que descienda directamente de la divinidad por la cadena de los antepasados y participe de la divinidad por el milagro de la generación y del nacimiento.
Este sentimiento de lazo entre la humanidad y la divinidad lleva lógicamente a ciertas creencias concernientes a las relaciones entre vivos y muertos.

El culto de los antepasados es la más antigua religión practicada por los chinos. La civilización China del hombre de Pekín, enterraba a sus muerto, hecho que los ubica como portadores de la cultura de tipo paleolítico; los chinos en sus primeros tiempos, profesaban un profundo respeto a los mayores, principalmente a los antepasados, a quienes se rendía culto en altares familiares para que los protegieran.

El sintoismo (religión tradicional del Japón, Oficial hasta 1945) concedía una plaza privilegiada a los Kami, o espíritus de los difuntos.

Los israelitas de la época primitiva pensaban que sus muertos vivían en el Seol desde donde se interesaban por la suerte de sus hijos y nietos.

Los antiguos egipcios que, como aseguraba Herodoto , fueron “los más religiosos de todos los hombre”, morían preocupados por su comparecencia ante el tribunal de Osiris (como veremos más adelante), con el alegato de su justificación bien aprendido . Nadie como ellos buscaron en los profundos arcanos de la muerte. Rendían culto a las almas de los muertos y no tenían por tales, en el sentido material de la palabra, mientras sus cuerpos no fuesen destruidos o sus imágenes se perpetuaran en la piedra. Esto explica el rito de los embalsamamientos por ellos practicados. La profusión de momias y estatuas lo comprueba.

Así, pues, los antiguos egipcios, aun después de morir, se resistían a abandonar los espacios vitales de la naturaleza y de lo divino.
Los egipcios consideraban que toda persona tenía tres partes: el cuerpo, el ka y el alma. El cuerpo vivía esta vida como un hecho pasajero. El ka o doble era la fuerza vital que sobrevivía después de la muerte y quedaba en esta vida.
El alma se manifestaba en este mundo por los sentimientos y las acciones; era inmortal e inmaterial. A la muerte del individuo, el alma debía hacer el viaje al más allá para ser juzgada. Era conducida a un tribunal de cuarenta y dos jueces (demonios, constituidos en acusadores del difunto) presidido por Osiris (el dios que, a su vez, fue despojado de la vida), dios de los muertos, y sus acciones pesadas por el dios Anubis (dios de cabeza de perro) en una balanza, el dios Tot se desempeñaba en la función de secretario. Si no tenía pecados pasaba a gozar de los beneficios del reino de Osiris y ser como los propios. Si los tenía, iba al Duat, lugar donde carecía de libertad. Antes de dictarse la sentencia, el alma debía justificar ante el tribunal su comportamiento en esta vida, para lo cual le servía el libro de los muertos, conjunto de consejos propios para la actuación en el otro mundo (Nack de Emil, 1966).

Para los griegos las divinidades primigenias de su mitología (Rojas M, 2002) eran meras abstracciones simbólicas poco o nada personalizadas. Del Caos original procede el Erebo (tinieblas infernales) y la Noche, de cuya unión amorosa nacen el Eter (Cielo) y el Día. El Eter corresponde a la región más limpia, elevada y luminosa del firmamento y debe ser distinguido de Urano, otro cielo fuertemente personal. También son hijos de Caos: Hipnos (el sueño) la estirpe de los ensueños (Oneiros), la Burla y la Desdicha, así como las divinidades personalizadas: el Engaño, el Concúbito, la Vejez, el Amor, y el Dolor. Pero también son hijos del Caos, Moro, Cer y Thanatos, tres nombres que son casi sinónimos de la muerte.

En los libros Vedas, de la India, se destaca la metempsicosis, que es la transmigración o reencarnación de las almas individuales; afirmaban que el alma no ofrece ningún alivio, porque el alma renace en otro cuerpo; enseñaban que, de acuerdo con la conducta que se había tenido, se podía ascender o descender en la reencarnación. Si se pertenecía a una casta inferior, pero si había mostrado una conducta correcta, se renacía como miembro de una casta superior; por el contrario, si la conducta había sido incorrecta, se volvía a vivir como seres de castas inferiores o aun en animales. Estas ideas fueron transformando con la aparición: 1ro. Del Jainismo, que pretendía acabar con la idea de la transmigración del alma y destruir así uno de los elementos que, de manera firme, apoyaba al sistema de castas. 2do. El budismo que estableció la negación del alma y afirmó que la pasión es la fuente de todo mal, y que no puede ser satisfecha jamás; recomendaba entonces el control y el total abandono de los deseos (Harrison et al, 1991).

En la África negra el animismo (creencia en un alma de las cosas en un mundo de los espíritus y en una fuerza vital) una real importancia y toma incontestablemente manifestaciones de pluralidad. Para los dogon (Mali) el culto de los antepasados asegura la continuidad del hilo social, es decir, descendencias que se siguen a través de las generaciones y que aseguran la continuidad del grupo social. (Akoun, 1981).

Los indígenas que poblaron la cuenca del lago de Tacarigua o Valencia, desarrollaron un modo de vida jerárquico cacical caracterizado por la construcción de complejos de montículos (funerarios y de habitación), producción de bienes suntuarios dedicados al culto a los muertos (Vargas, 1990).

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