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Monday, May 19, 2008




Esto es igualmente manifiesto en nuestras sociedades latinoamericanas, donde existe también mucho énfasis cultural en lograr cierto nivel de ingresos y consumo, mientras que la movilidad social ascendente intrageneracional (en oposición a la intergeneracional) es escasa o casi inexistente.

Como resultado de esto aparece la anomia y la tendencia a la conducta desviada. El proceso hacia la conducta desviada del individuo se produce porque éste, al manifestársele la meta cultural inasequible por los medios culturalmente legitimados para hacerlo, tiende a buscar una alternativa ilegítima. Esto es, si no puede lograr su nivel de bienestar o no puede satisfacer sus necesidades básicas por los medios socialmente aceptados, lo hará por otros medios.

Este fenómeno no está restringido a cierto sector de la estructura social, sino que se aplica a todos los niveles debido a que el grado en que la meta social ha sido satisfecha es jurisdicción propia de cada individuo y su percepción subjetiva. De esta manera, podemos entender cual es la fuente principal de conducta desviada en una sociedad.

Este trabajo intenta esbozar un marco teórico para el Índice de Percepción de la Corrupción. Sin embargo, creemos de suma importancia recordar los cuidados que en cuanto a la elaboración teórica tiene el uso de este tipo de índices por parte de investigadores y formadores de opinión.
Es comprensiblemente escaso el cúmulo de
datos cuantitativos y estadísticos confiables en cuanto a la problemática de la Corrupción. Es comprensible, primero, porque no se salva de la escasez de datos típica de las Ciencias Sociales y la debilidad y complejidad intrínseca en la construcción de sus índices e indicadores, que por su objeto de estudio hace muy difícil establecer relaciones creíbles entre las variables. Es tentador caer en la elaboración de relaciones espúreas o de poca utilidad en el intento de decir definitivamente algo acerca de la realidad y aportar al avance de la ciencia.

En ese sentido ya podemos dejar de intentar probar, por ejemplo, que las mujeres son más reacias a aceptar sobornos que los hombres; que el fraccionamiento etno lingüístico favorece la corrupción; que las religiones Católica, Ortodoxa y Musulmana (no casualmente queda fuera la protestante) inciden indirectamente aumentando la corrupción; éstas relaciones no son sólo imposibles de sugerir y universalizar sino que son también eventualmente irresponsables.

Así, la mayoría de estas relaciones caerán si se controla, por ejemplo, por las variables socioeconómicas. Como sostiene Estévez (2005): "El impacto de la corrupción sobre el producto bruto interno de un país es uno de los temas más investigados a lo largo de toda la literatura sobre corrupción. Constituye uno de los pocos resultados cuantificados no ambiguos de los estudios sobre corrupción.

El nivel del PBI per cápita es, sin duda, el indicador que posee mayor poder explicativo entre los distintos índices que se suelen utilizar para caracterizar este fenómeno." Lo anterior no significa que las conclusiones a las que se intenta frecuentemente arribar no sean efectivamente correctas, sino que no es esa la manera de darles pretensión científica. Pues la experiencia real de los legos en la materia efectivamente demuestran que para bajar la corrupción inciden positivamente una mayor participación ciudadana, una prensa libre, criterios independientes de elección de los jueces, libertad de información, etc. Todos campos en los que los países del primer mundo, democrático, participativo, libre, rico y muchas veces protestante, lleva naturalmente la delantera.

Lo mismo vale, claro está, para el uso que de este índice hacen los formadores de opinión en su intento de tomar y formar partido.

Pobreza

La pobreza es tanto causa como efecto de la corrupción. Es causa porque en un ambiente de pobreza, las necesidades son muchas y las tentaciones para corromperse por ende más fuertes. Además, las características que acompañan la pobreza (bajo nivel educativo por ejemplo) hacen que sea más difícil realizar un efectivo control hacia los centros de poder.

Por otro lado, no son los sectores de bajos recursos los principales usuarios del sistema de instituciones y prácticas corruptas, sino los que tienen efectivamente dinero para sobornar, y una empresa que fortalecer, crear o proteger. En este sentido, los pobres parecen ser víctimas antes que principales beneficiarios del sistema.

En cuanto a la relación pobreza – corrupción, con altos salarios de funcionarios públicos y una población de buen poder adquisitivo, instruida y participativa, con instituciones fuertes, (características todas que suelen aparecer juntas) es lógico que se encuentren menores grados de corrupción.

Sin embargo, se debe tener cuidado al suponer una relación causal determinante absoluta y única, ya que existen casos de países más pobres y con menos corrupción que otros.
Según Estévez (2005), "Desde la
óptica social la corrupción se ha instalado como factor determinante de los escenarios de extrema pobreza que padecen grandes proporciones del planeta."

Aunque la pobreza parece ser una causa en extremo importante, no puede decirse, sin embargo, que sea la única, y por ende no se puede reducir todo a ella. Además, significaría igualar pobreza con deshonestidad (Pope, 2000). Lo cual como ya vimos depende mucho más del proceso de anomia definido anteriormente.

La corrupción en el Régimen

Veamos ahora qué pasa con la corrupción en nuestras democracias latinoamericanas. Un factor crucial para entender nuestros regímenes de gobierno es que éstos no son una construcción sui generis sino un transplante, en donde el órgano ha generado particulares formas de adaptación al cuerpo social.

Esta forma de gobierno, que podemos llamar democracia moderna o poliarquía y ha tenido su origen en el cuadrante nor occidental del planeta, ha cobrado en nuestros países una forma muy distinta que creemos merecedora de un análisis específico (que ya ha comenzado) por parte de la Ciencia Política.

La única institución comparable con las democracias del primer mundo son las elecciones. El resto de las instituciones democráticas como los tribunales, la separación de poderes, los pesos y contrapesos, el electorado ilustrado, la libertad de expresión e información, la existencia de información alternativa, el sometimiento pleno del poder militar sobre el civil, la igualdad real de oportunidades, la igualdad ante la ley, etc. están ausentes o sumamente deterioradas.
Existen dos tipos de instituciones, las formales y las informales. En nuestras democracias la brecha entre estas instituciones formales que guían la conducta y la conducta real de los individuos es demasiado grande. Estas prácticas informales, separadas de lo que en realidad debería ser, van progresivamente dejando de ser prácticas aisladas, desviaciones ínfimas a la regla, para transformarse poco a poco en instituciones informales de uso cada vez más generalizado.


Así, de pronto, nos encontramos con un complejo institucional informal que es el que efectivamente nos gobierna. Se trata de viejos códigos, usos y prácticas grabadas en nosotros como el tiempo graba la piedra. A simple vista cualquiera podría argüir el factor de imprevisibilidad que trae estas prácticas corruptas, en nuestras relaciones sociales y comerciales.
Pero una vez que las prácticas se han institucionalizado nos permiten predecir el
comportamiento del otro, y de hecho efectivamente lo hacemos. Así, donde el extranjero ve caos, el nativo contempla un orden, auque informal, que existe y funciona por lo bajo, que todos entendemos y consecuentemente todos podemos preveer.

Estamos hablando específicamente de las transacciones particularistas a nivel jerárquico, del clientelismo político, el patronazgo, el nepotismo (preferencia de parientes para cargos públicos), favores personales en abuso de la autoridad que da el cargo y otros actos flagrantemente ilegales.

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