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Saturday, August 07, 2010


El instinto como aliento de vida


Esta posición le lleva a sentir y pensar que es el instinto el aliento de la vida. El mismo impulso que conduce los comportamientos en los grandes conflictos y en los acontecimientos cotidianos, y que en las mujeres parece estar más en la epidermis. Ellas son, principalmente, las que tratan de conservar y de defender la vida: son las mujeres de la “Plaza de Mayo”, que no se rinden; son las mujeres del “Tercer Mundo”, que luchan por sus descendencias contra las hambrunas, las enfermedades y las guerras que les esquilman; son las mujeres del “Primer Mundo”, llenas de contradicciones porque no terminan de asumir el modelo modernista que se les propone o se les impone. Todas, y a pesar de todo, poniendo en evidencia que existe una fuerza distinta que no se deja domesticar, aunque las apariencias traten de ocultar esta verdad.


Por eso, no voy a hablar de mí como mujer, voy a ser mujer para hablar de la fuerza de la vida que se manifiesta y que sostiene la realidad social. A través de este modelo trato de evidenciar a esa fuerza (la vida) que se quiere domesticar a través de las religiones, las ideologías, la ciencia y la tecnología. Ella aparenta dejar hacer hasta la saturación de las contradicciones generadas por aquellos modelos que pretenden construir al ser humano sólo como “sujeto pensante”.


Y, así, hemos llegado a una sociedad en la que una parte ha alcanzado importantes niveles de desarrollo, de comodidad, de saturación de objetos y de servicios y, también, ha “logrado” una importante y grave desconexión del mundo sensible. Sin embargo, la vida sigue latiendo y, si queremos, podemos descubrir su juego mirando transversalmente toda esa acción humana.


De otra manera, a la vida sólo la vamos a poder observar en su forma “salvaje”; allí donde los acontecimientos y las contradicciones se han agudizado; allí donde las sociedades nuevas tratan de sobrevivir, y observar qué savia emerge (nueva o vieja, la única) para renovar el mundo; allí donde, aún, las formas tradicionales de relación, y los valores que atesoran, no se han ocultado en la lucha por obtener lo material.


Lo que se reivindica, en esta forma de buscar conocimiento, no es una petición que encierra un “déjame mirar y déjame expresarme”. La propuesta es: observa como miro; escucha lo que expreso; reflexiona cómo interpreto la realidad que vivo, detrás de ello hay una vivencia individual fruto de una experiencia colectiva, una búsqueda permanente de respuestas sobre la verdad, aunque ésta siempre esté sugiriéndose y sepamos que no se va a manifestar en su totalidad.


Actuar desde el corazón


Por eso, quiero permitirme actuar según sea el impulso que nace desde el corazón y desde las entrañas, y que la cabeza le dé sólo la forma para expresar el saber que siento. Es decir, el conocimiento como certezas que fluyen a través de los poros y que no proceden de la racionalización, sino de una especie de memoria acumulada en el cuerpo, la cual se despierta ante estímulos que conectan con la esencia del universo, haciéndonos participar, por unos instantes, de algo inmenso que no se puede atrapar, pero que como una brújula orienta nuestra búsqueda de esas certezas.


Para ello observo la realidad construyéndose en un eterno movimiento. Movimiento que identifico como un proceso y que tiene que verse como etapas de un ciclo entre vida y muerte. Un ciclo que puede ser expresado como ciclos vitales, o como ciclos temporales o ciclos espaciales... o todos a la vez, pero que nos han de descubrir el punto en el que se encuentran las realidades que estamos observando y que estamos viviendo, porque el observador o la observadora, de esa realidad, está íntimamente dentro de ese proceso: es el investigador parte de lo investigado.
En realidad es la experiencia vital la que sirve de medio para que el proceso se ponga en marcha, se materialice. Esto, necesariamente, lleva al actor a sentir que es un factor involucrado en el juego del proceso, un proceso que es interno y externo. Así, al analizar aquello que enfoca, ve y conoce su realidad interna. Es decir, mira aquello que le habla de sí mismo, y en su actuar crea una realidad que interacciona con la de los otros, y que propicia una nueva que le devuelve una mayor perspectiva, y una profundización mayor de qué es y quién es.


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