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Saturday, August 07, 2010


La consciencia es la meta, la educación es el medio



El ser humano no es un ser ambivalente sino un continente que atesora un contenido por descubrir

Al ser humano lo define lo que él representa en la evolución del Universo, las cualidades con las que le ha dotado la vida, la impronta que posee para vivir y sobrevivir a las circunstancias históricas, la capacidad para transformar las condiciones que recibe, el impulso que le lleva a buscar por senderos nunca franqueados, la capacidad de amar, de empatizar, de solidarizarse, de comprender al otro, su capacidad innata para vivir en sociedad. Por Alicia Montesdeoca Rivero.


Los descubrimientos son paisajes captados desde la pequeña ventana de una conciencia que se asoma al Universo


El origen de la vida se pierde en la memoria de la evolución misma, su huella queda impresa en el movimiento ascendente hacia la consciencia de sí que es su destino.
En ese devenir, el ser humano emerge y se constituye en síntesis de todo el movimiento creador. Este ser emergente se erige en sujeto conociente, contemplador del movimiento, interpretador de lo que se crea, nombrador de lo que se manifiesta, cooperador de la creación misma.


Este ser humano se asoma al Universo a través del marco de una conciencia cada vez más expandida, impulsada por un anhelo, por una añoranza que aún no sabe qué los origina y cuyas pistas se encuentran en los residuos de polvo cósmico que quedaron depositados en su propia naturaleza, por el proceso evolutivo que permitió el surgimiento de la Vida.
Este movimiento evolutivo continúa, lo percibimos como un movimiento en espiral, alentado por un desconocido punto potenciador que se expande y se contrae al impulso de la sístole y de la diástole de un corazón que le bombea dinamismo y que impulsa todo hacia la Consciencia plena.


Si lográramos, por un instante, parar el movimiento y atrapar en un plano las formas que adopta, la mirada descubriría una espiral de complejidad, reproducción exacta de cualquier instante de la vida: múltiples elementos en juego, innumerables interacciones; todo vibrando a la vez para configurar la materia, para lograr las formas, para inspirar sentido, para incrustar espíritu en lo materializado, a través de un amoroso soplo de origen desconocido, renovador de cada instante cósmico.


Qué soy, quién se asoma a través de mis ojos, quién o qué alienta mi voluntad, provoca mis emociones, hace tierno mi corazón, llena mi mente de inquietudes
Parece que tenemos claro cuál es lo que físicamente define a un ser humano, pero cuando nos adentramos en sus otras dimensiones, psíquicas, mentales y espirituales caemos en descripciones cargadas de tópicos, prejuicios, obviedades, esquemas, interpretaciones...


Desde mi punto de vista, al ser humano no lo define una configuración física, determinada por la evolución de la materia y de la vida. Tampoco sus circunstancias en un momento dado, sus errores históricos, sus cualidades o sus defectos, todos ellos temporales. Al ser humano lo define lo que él representa en la evolución del Universo, las cualidades con las que le ha dotado la vida, la impronta que posee para vivir y sobrevivir a las circunstancias históricas, la capacidad para transformar las condiciones que recibe, el impulso que le lleva a buscar por senderos nunca franqueados, la capacidad de amar, de empatizar, de solidarizarse, de comprender al otro, su capacidad innata para vivir en sociedad.
Cuando me propongo definir lo que es un ser humano no empiezo por establecer un nivel de conciencia, pues esta acción paralizaría, en una expresión momentánea, lo que realmente es: un ser en evolución dentro del proceso evolutivo de una humanidad terrestre, integrados (humano y humanidad) en un Universo que se expande en conspiración con la expansión de la Consciencia que lo acoge.


Las cualidades o defectos que se le asignan a los seres humanos, en un momento dado, sólo ponen de manifiesto el estado evolutivo general de la humanidad, no su esencia, que es la que hay que desentrañar, la que ha de colocarse en el horizonte de toda vida temporal, para darle sentido a sus esfuerzos, a sus búsquedas, a los retos que se plantea. Son sus potencialidades las que hay que considerar, éstas fijaran las probabilidades. Luego, sus posibilidades de desarrollo las dará el entorno en el que vino a la vida y que caracteriza su experiencia terrestre.


Partiendo de sus circunstancias, ignorando quién es, por qué nació, para qué, y por qué, el ser humano puede devenir en un buscador perdido, sin brújula, en peligro permanente de ser atrapado por el equívoco. Pero no es desde ahí desde donde lo quiero mirar, ese camino lleva a liquidar de un manotazo las posibilidades de superación y la importancia per se que toda experiencia vital posee.
La visión que adoptamos parte de la base que todo está en movimiento, en continuo cambio, formando parte de un proceso cuya naturaleza es “transformación permanente”, pues el cambio es lo intrínseco de lo real.


El ser humano no es un ser ambivalente, es un continente que atesora un contenido por descubrir, que pertenece a un Universo que se expande al mismo ritmo en el que crece su conciencia, y del cual apenas conoce la naturaleza de que está hecho.
En el itinerario que recorre a lo largo de una vida le observamos atravesando una experiencia común a todos los de su especie, pero extraordinariamente especial como vivencia individual.


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